Blog de victoriasuever

Párrafo del libro EL VIENTO SOPLA DEL NORTE

Párrafo del libro EL VIENTO SOPLA DEL NORTE
 Victoria Suéver.

En Portugal. Alentejo.


  "Pasaron los años e Inés, a sus siete años, se había convertido en una niña preciosa, amada y consentida por todos, no solo porque era hija del patrón o porque su madre hubiera sido niñera en la casa, sino además por su exotismo. Su color era distinto al del resto de los habitantes de la finca, aunque en el pueblo había más habitantes oriundos de África.
  Inés era aún una chiquilla cuando, subida en el carro que llevaba la leche, escondida entre las grandes lecheras, se fue una mañana porque quería una muñeca de porcelana que había visto en el escaparate de la tienda del pueblo. Llegó a la lechería y se bajó del carro, antes de que el repartidor la viera, encaminándose hacia la plaza. Con su alcancía bajo el brazo, envuelta en un paño de ganchillo que hasta entonces había cubierto la cómoda de su habitación, entró en la tienda y pidió la muñeca.
  La dueña de la tienda se sorprendió, primero de que una niña sola entrara a su tienda a esas horas, en las que todos los niños estaban en el colegio. Después, porque iba vestida como “de domingo” según le dijo a su vecina, y porque caminaba “tan campante“ por la calle sin ningún adulto cerca. No se atrevió a decirle nada, porque enseguida la reconoció como la hija de los mayorales.
  Llegó con su hucha, y pagó con monedas pequeñas, sus ahorrillos.
  Su madre, doña Dulce, estaba tan enfadada que la buscó por toda la hacienda. Había servido a su señora durante dieciséis años, y nunca se le había escapado ninguno de sus ocho hijos, y ahora, perdía a la suya.
  En poco tiempo el enfado se convirtió en pavor, y ya no solo la buscaba su madre, si no su padre y sus hermanos, que ya habían regresado del colegio o del trabajo. Ya por la tarde, y a punto de ponerse el sol, todos los empleados de la finca la buscaban, el pánico en sus ojos, pues todos querían a la niña, todos la habían visto nacer y crecer, todos amaban esos ojos de azabache y esos dientecillos de blancura insuperable, que destacaba con el tostado de su piel. Además, todos habían reído contagiados por su risa. Todos estaban desquiciados.
  Don Gregorio, a punto de enloquecer, llamó a la guardia nacional republicana, que se presentó en la finca, con sus trajes verdes flamantes y se pusieron a buscar con linternas en los pozos, zanjas, acequias y en otros lugares peligrosos de los alrededores.
  La madre, tenía una mirada cadavérica. No había ingerido alimentos en todo el día, lo que junto a los ojos rojos e hinchados y el disgusto habían hundido sus mejillas. Entraba y salía de la casa; subía y bajaba las escaleras; la llamaba con desesperación sabiendo que no estaba…, entre jadeos, mirando y remirando una y otra vez las habitaciones que ya había recorrido mil veces durante el día. Parecía trastornada recorriendo la casa ya a oscuras, llamando a su hija con un hilo de voz. Se había quedado ronca de tanto chillar y llorar. Arrastraba los pies y se agarraba a las paredes para no caerse, y aunque su marido, criadas, hijos y demás personas de la hacienda, le decían que descansara un rato, ella parecía no escuchar a nadie, pasaba de largo, y se desasía de las manos que pretendían sujetarla.
  Y en medio de todo este alboroto, oyeron el galopar de un caballo en la lejanía y el ruido de un carro. Todos se temieron lo peor. Un hombre venía voceando, pero sus palabras eran ininteligibles. Cuando la madre lo oyó se desplomó aterrada en una butaca, y no parpadeó hasta que fue visible que era el carro del lechero, instante en que se levantó y sacando unas fuerzas que no parecía tener, echó a correr hacia él. Otros habían hecho lo mismo.
  Todos corrieron envueltos por el miedo: podría ser portador de noticias, pero no sabían si serían buenas o malas."

Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: